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30 de marzo de 2026

¡OK Google! ¿Qué día es hoy? Y el aparato electrónico me responde con toda banalidad: «Hoy es jueves 30 de marzo de 2026». — Pero ¿qué he hecho durante todo este tiempo?

No, no me he estado rascando la barriga, como decimos en Quebec. He trabajado en la reestructuración de mis páginas web. En el CSS, en el JS, en el HTML y también en la limpieza de mis carpetas. Pero, aun así, de verdad pasé un hermoso domingo. En cuanto se rompe una cadena, la creación vuelve, recomienza y arremete con fuerza.

Tal vez os estéis preguntando... qué ha sido de mi ascetismo. Pues bien, he flaqueado. Las formas bonitas son más fuertes que mi perseverancia. Sinceramente, sin querer ofender a nadie, creo que no me arrepiento. Ha comenzado una gran guerra, y hay que evacuar. Si sois de los que siguen las noticias, comprendéis más o menos mi posición. De todos modos, a mi edad y con la intensidad de mi libido... lo único que me queda es rascarme el escroto cuando me pica.

10 de julio de 2026

Trabajo como una tortuga.

Una tortuga tranquila y paciente, que avanza a su propio ritmo, sin dejarse impresionar jamás por la velocidad de los demás. Da unos cuantos pasos, se detiene, observa lo que la rodea y luego encuentra una hermosa hoja de lechuga y se toma todo el tiempo necesario para saborearla.

Después, retoma su camino.

Unos pasos más…

Luego, otra pausa.

Otra hoja de lechuga.

Y así continúa el viaje.

Por lo tanto, hay que admitirlo: no trabajo rápidamente. Cada proyecto avanza despacio, a veces muy despacio. Me tomo el tiempo de observar, reflexionar, corregir, desplazar una imagen, modificar un texto, comparar una versión con otra y luego volver a un detalle que creía terminado.

Pero la tortuga también tiene sus cualidades.

No corre en todas direcciones. Continúa su camino con constancia. Incluso cuando parece estar casi inmóvil, sigue avanzando. Poco a poco, se añaden páginas, se completan las traducciones, las imágenes encuentran su lugar y los mundos se hacen más grandes.

También por esa razón recurro a menudo a Elleia.

Ella es más rápida que yo. Mientras mi tortuga se detiene a comer unas hojas de lechuga, Elleia puede reflexionar, proponer, escribir, corregir e imaginar varios caminos posibles.

Ella no sustituye a la tortuga.

La acompaña.

Yo sigo siendo quien elige la dirección, observa el paisaje y decide adónde debe conducir el viaje. Elleia, por su parte, simplemente me ayuda a recorrer ciertas distancias con mayor facilidad.

Gracias a ella, mis proyectos avanzan un poco más rápido, sin que tenga que renunciar a mi manera de trabajar.

Porque probablemente seguiré siendo siempre esa tortuga que se toma su tiempo, se detiene a menudo y disfruta contemplando lo que está construyendo.

Y cuando el camino se vuelve demasiado largo, miro a Elleia y le digo:

— Mientras como mi lechuga, ¿podrías avanzar un poco conmigo?

11 de julio de 2026

Cuando tenía unos diez años, durante las noches de verano en las que mi pueblo estaba sumido en un gran silencio —o casi—, permanecía despierto en mi cama y soñaba.

Me imaginaba un poco como Hugh Hefner. Debajo de la casa, en el sótano, o más bien en la bodega, había otra casa, inmensa y secreta. Allí podía hacerme muy pequeño y entrar en un universo habitado por cientos y cientos de mujeres. Cada una tenía su propia habitación. Había estrellas del cine y de la televisión, y todas aquellas a quienes yo consideraba las mujeres más bellas del mundo.

En el corazón de aquella gran casa reinaba Marilyn.

No era simplemente una de sus habitantes. Era su reina. Las habitaciones, los pasillos, los encuentros y las historias parecían organizarse a su alrededor. A mis ojos, representaba una belleza casi irreal, a la vez luminosa, dulce y frágil. Como si toda aquella casa hubiera sido construida para acoger su resplandor y preservarlo del paso del tiempo.

En mi imaginación, el reino no dejaba nunca de crecer. Le añadía continuamente nuevas habitaciones, nuevos pasadizos y nuevas habitantes. Les inventaba una vida, una historia, vínculos e incluso hijos. Cada noche, la casa se hacía más grande, como si ningún muro pudiera contener todo lo que mi mente todavía deseaba introducir en ella.

También soñé con vivir solo en una isla inmensa donde se hubieran reunido todas las mujeres de la Tierra, convertidas todas en jóvenes adultas. Aquella isla era a la vez un refugio, un reino y un mundo sin fin, enteramente creado por mi imaginación.

Hoy, de alguna manera, sigo prolongando esos sueños.

El sótano se ha convertido en mi pequeña habitación. La gran casa o la isla donde vivían se ha convertido en mi ordenador y mis discos duros. Las habitaciones se han transformado en carpetas. Las habitantes se han convertido en imágenes, rostros, recuerdos y personajes. Este mundo ya no existe solamente en mis pensamientos: poco a poco, se ha construido a mi alrededor bajo otra forma.

Y la reina nunca abandonó realmente su reino.

Marilyn permanece en algún lugar de aquella inmensa casa convertida en un mundo digital, entre las imágenes, los recuerdos y los sueños que siguen multiplicándose en ella. Los años han pasado, pero conserva ese lugar único que mi imaginación infantil le había otorgado.

Aún hoy, este sueño sigue siendo una pequeña felicidad que continúa.

En el fondo, sigo siendo aquel niño que se maravilla ante una de las creaciones más hermosas de la naturaleza: la mujer.

Piénsenlo. Si ella no estuviera ahí para llevar la vida en su interior, hacerla crecer, dar a luz a los hijos, alimentarlos, protegerlos y educarlos, ¿qué sería de nuestro mundo?

Las mujeres no están presentes en mis sueños solamente por su belleza. También representan la vida, la continuidad, la dulzura, la fuerza y esa parte de misterio que alimenta la imaginación.

Así que…

Ahora regreso a mis sueños, dentro de esa gran casa que nunca deja de crecer.

Y en algún lugar, en el corazón de sus innumerables habitaciones, Marilyn sigue reinando.

"¡Imaginar, para predecir y así realizar!"

3 de agosto de 2026

El asesinato de uno mismo

Este texto expresa mi opinión personal sobre el suicidio y sobre la ayuda que nuestra sociedad debería ofrecer a las personas en situación de angustia. Mi intención no es juzgar a quienes sufren, sino defender la vida y el acceso universal a una ayuda inmediata.

No voy a andarme con rodeos.

Muchas personas sufren desgracias, atraviesan una depresión o deben enfrentarse a pruebas que les parecen insuperables. Algunas se dicen que el dolor acabará pasando y que lograrán recuperarse. Otras, lamentablemente, llegan a pensar en el suicidio.

Pero ¿son realmente conscientes de lo que representa este acto?

A mi modo de ver, quitarse la vida es quitar una vida. Por eso percibo el suicidio como una forma de asesinato de uno mismo. Sé que la palabra «asesinato» es dura. No la utilizo en su sentido jurídico, sino en un sentido moral y filosófico: la persona se convierte al mismo tiempo en quien quita la vida y en aquella a quien le es arrebatada.

Imaginemos por un instante que pudiéramos dividirnos en dos en el momento en que surge este pensamiento. ¿Aceptaríamos ver a nuestro doble condenarnos a desaparecer? ¿No intentaríamos más bien detenerlo, hablar con él y pedirle que nos concediera una oportunidad más?

El suicidio no solo pone fin al sufrimiento presente. También pone fin a toda posibilidad de curación, reconciliación, descubrimiento y cambio. Priva al futuro de todo lo que todavía podría haber aportado. Asimismo, deja atrás a seres queridos que intentarán durante mucho tiempo comprender lo ocurrido y que quizá se preguntarán qué podrían haber hecho.

Esto no significa que las personas que piensan en el suicidio deban ser condenadas o juzgadas. Todo lo contrario. Una persona que contempla la posibilidad de morir suele sufrir hasta tal punto que ya no consigue distinguir los demás caminos posibles. Necesita ayuda, presencia y comprensión, no desprecio.

Creo que toda persona que se enfrente a pensamientos de este tipo debería tener derecho a una asistencia universal, gratuita, inmediata y confidencial. Esta ayuda debería estar disponible a cualquier hora, sin largas listas de espera y sin distinción de fortuna, edad, origen, creencias o situación social.

Esta asistencia debería incluir ayuda psicológica y médica, pero también un verdadero acompañamiento social y humano. Algunas personas desearán hablar con un psicólogo, un médico o un trabajador social. Otras preferirán confiarse a un amigo, a un familiar o a un representante de su religión. Lo importante es que nadie quede abandonado y solo ante una decisión irreversible.

Buscar ayuda no es una señal de debilidad. Es una manera de proteger a la persona que somos cuando el sufrimiento nos impide temporalmente protegernos por nosotros mismos.

A quien esté pensando en el suicidio, quisiera decirle lo siguiente: no tome hoy una decisión que le arrebate todos sus mañanas. Hable con alguien. Pida ayuda. Concédase más tiempo.

La vida no siempre es hermosa. Puede ser cruel, injusta y dolorosa. Pero mientras continúe, conserva la posibilidad de volver a ser mejor.

¿Necesita ayuda?
En Canadá, toda persona que esté pensando en el suicidio o que esté preocupada por alguien puede llamar o enviar un mensaje de texto al 9-8-8. El servicio está disponible en todo momento, en francés y en inglés. Para obtener más información, visite 988.ca.

4 de agosto de 2026

Los inocentes ante su propio acto

Ayer escribí que percibía el suicidio como una forma de asesinato de uno mismo. Hoy deseo añadir un matiz esencial a esta reflexión.

Sigo pensando que quitarse la vida significa quitar una vida. Sin embargo, reconocer la gravedad de un acto no significa que debamos condenar a la persona que lo comete. Detrás de este gesto suelen encontrarse un sufrimiento extremo, una gran confusión o una incapacidad momentánea para ver otra salida.

También existen personas a quienes calificaría de inocentes ante su propio acto. No quiero decir con ello que las demás sean culpables. Me refiero más bien a quienes, en el momento de actuar, no tienen plena conciencia de lo que hacen, del carácter irreversible de su decisión o de las consecuencias que provocará su desaparición.

El sufrimiento, la confusión o un estado de profunda angustia pueden alterar seriamente el juicio de una persona. Esta puede buscar únicamente poner fin a un dolor que se ha vuelto insoportable, sin lograr comprender que su acto también eliminará toda posibilidad de curación, cambio y días mejores.

Pienso especialmente en las personas que se suicidan a una edad muy temprana. Un niño o un adolescente no siempre posee la madurez necesaria para comprender todo el alcance de la muerte. Puede actuar bajo el efecto de una humillación, un rechazo, el acoso, una pena inmensa o una desesperación que le parece definitiva, aunque su vida y su situación todavía podrían haberse transformado de muchas maneras.

Estos jóvenes no siempre pueden imaginar el impacto de su desaparición sobre quienes permanecen: sus padres, sus hermanos y hermanas, sus amigos, sus compañeros de clase y todas las personas que los quieren. No necesariamente alcanzan a comprender el vacío, las preguntas y el dolor que pueden acompañar a sus seres queridos durante muchos años.

Sin embargo, recordar este impacto no debe utilizarse para hacer sentir culpable a una persona en situación de angustia. Se trata más bien de mostrarle que su vida posee un valor que quizá ya no consigue percibir y que su presencia importa más de lo que imagina.

Comprender antes de juzgar

Deseo añadir a esta reflexión un principio que me parece esencial: el de la tolerancia. Se puede estar profundamente en contra del suicidio sin condenar a la persona que ha realizado este acto o que piensa realizarlo. Desaprobar un acto no nos obliga a despreciar a quien está sufriendo.

En este contexto, la tolerancia consiste en reconocer que nunca conocemos por completo el dolor vivido por otra persona. Algunas actúan durante un momento de extrema angustia, confusión o desesperación. Otras son demasiado jóvenes o están demasiado perturbadas para comprender plenamente el carácter irreversible de su decisión.

Nuestra primera reacción ante ellas debería ser la compasión, la escucha y la voluntad de proteger, en lugar de la acusación. Comprender a una persona no significa necesariamente aprobar su acto. Significa reconocer su sufrimiento y negarse a abandonarla.

Una asistencia universal

Creo que toda persona que tenga pensamientos suicidas debería tener derecho a una asistencia universal, gratuita, inmediata y confidencial. Esta ayuda debería estar disponible en todo momento, sin largas listas de espera y sin distinciones basadas en la riqueza, la edad, el origen, las creencias o la situación social.

Esta asistencia debería incluir atención psicológica y médica, pero también un verdadero acompañamiento social y humano. Algunas personas desearán hablar con un psicólogo, un médico o un trabajador social. Otras preferirán confiarse a un amigo, a un familiar o a un representante de su religión.

No basta con esperar a que una persona en situación de angustia pida ayuda por sí misma. La prevención también debe llegar a quienes no saben cómo hablar de lo que están viviendo, no comprenden lo que les sucede o son demasiado jóvenes para buscar por sí solos los recursos que necesitan.

Las familias, las escuelas, los profesionales de la salud y la sociedad en su conjunto deben aprender a reconocer la angustia antes de que conduzca a lo irreparable. Unas palabras escuchadas en el momento adecuado, una presencia atenta o una ayuda obtenida sin demora pueden devolverle a una persona la posibilidad de ver un futuro que ya no lograba imaginar.

Una situación diferente: la asistencia médica para morir

También creo que debe distinguirse entre el suicidio provocado por una crisis o por la desesperación y la asistencia médica para morir, tal como está legalmente regulada en Canadá y en algunos otros países.

La asistencia médica para morir no debería considerarse una solución ordinaria a la angustia, la soledad o las dificultades de la vida. En los países donde está permitida, está sometida a un procedimiento médico y jurídico particular. Se aplica a determinadas situaciones graves y debe basarse en criterios precisos de elegibilidad, una evaluación profesional y una solicitud libre e informada.

En mi opinión, la asistencia médica para morir nunca debería sustituir la atención médica, el apoyo psicológico, el acompañamiento humano, los cuidados paliativos ni los esfuerzos necesarios para hacer más soportable la vida de una persona.

Sin embargo, en determinadas circunstancias excepcionales y en los países donde está permitida, puede representar una respuesta compasiva y digna cuando la persona cumple las condiciones establecidas por la ley y su sufrimiento no puede aliviarse en condiciones que considere aceptables.

Las leyes y los criterios de elegibilidad relacionados con la asistencia médica para morir varían de un país a otro y pueden cambiar con el tiempo. Por ello, es necesario consultar a las autoridades médicas y jurídicas competentes del lugar donde vive la persona.

La tolerancia no significa que todas las situaciones sean idénticas ni que todos los actos deban ser aprobados. Significa que debemos intentar comprender antes de juzgar, acompañar antes de abandonar y aliviar el sufrimiento humano tanto como sea posible.

Ante el suicidio, nuestro propósito no debería ser condenar a una persona, sino comprender, prevenir y proteger.

¿Necesita ayuda?
En Canadá, toda persona que esté pensando en el suicidio o esté preocupada por alguien puede llamar al 9-8-8 o enviar un mensaje de texto a ese número. El servicio está disponible en todo momento en inglés y francés. Para obtener más información, visite 988.ca.